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domingo, 17 de enero de 2010

Amélie Nothomb - Ni de Eva ni de Adán

No es casualidad que los editores elijan habitualmente fotografías de Amèlie Nothomb para las portadas de sus libros, la Nothomb tiene un rostro particular ... y particularmente atrayente, que se entiende muy bien con las cámaras.



En persona transforma en parte esa fotogenia con una simpatía extraña en personas acostumbradas a ser asaltadas por admiradores,curiosos y periodistas, (al menos según mi propia experiencia de turista accidental con algún toque groupie por la que pude hablar con ella unos minutos en París sobre el estreno en Barcelona de la adaptación teatral de Cosmética del enemigo), en la que conversa mirando a los ojos de tal forma que da la sensación de pretender atrapar siempre alguna cosa de la persona con la que habla sea quien sea esa persona ... y en su mirada ves Bélgica, Japón, París, China, Nueva York, Bangladesh, Birmania, Laos ....


No es Nothomb una escritora que se adentre en el alma humana a través de símiles, palabras rebuscadas o de imágenes más o menos complicadas, lo hace con un lenguaje sencillo y simplemente explicando lo que sucede, lo que recuerda, lo que piensa ... ya será su carácter, su ‘fondo de lecturas’ y su experiencia vital quien le de la consistencia y no convierta sus libros en un vulgar relato de

misdosañosenjaponconunchicomuymajoyloraritosquesonlosjaponeses.

Aunque ella se declara belga y así lo dice su pasaporte, (y que no hay entrevista en la que ineludiblemente aparezca el tema), Nothomb es una apátrida virtual. Vivimos en un entorno que nos obliga física y psicológicamente a poner algo junto a la casilla Nacionalidad (¿cómo?, ¿no tienes nacionalidad? ... bicho raro); pero aún así hay gente que más o menos inconscientemente se desprende de ese vínculo (en mayor o menor medida .. hacerlo totalmente parece casi imposible), Nothomb es, para mí, una de ellas y eso siempre es una liberación, es soltar lastre y, por tanto, la posibilidad (utilizada o no) de subir más alto.


Y es, creo, por esa especial personalidad de Nothomb que no es exacto decir que Ni de Eva ni de Adán es una historia de amor, esa expresión puede llevar a confusión aunque es correcta en el fondo. Es la historia de una relación sentimental con un joven japonés, pero también de una relación (no menos sentimental) con una sociedad japonesa, con su hermana Juliette, con una carrera de escritora que se gesta precisamente en ese momento, con la nieve, con el monte Fuji (esta última probablemente la más intensa) ...

Para mí Ni de Eva ni de Adán es la historia de una incompatibilidad, la de Amélie Nothomb con aquello que suponga enraizar, anclarse.


Así que vamos descubriendo a Amélie poco a poco. ¿Y ella? ¿También se va descubriendo mientras escribe?

Por supuesto. Como decía Virginia Woolf, nada ocurre hasta que no lo escribes”. Suscribo esta frase completamente. A veces me sorprendo a mí misma en lo que sale sobre el papel. ¡Dios mío! ¿Ésta soy yo? Las palabras son el espejo. Con la diferencia de que cuando te miras en uno real, a veces te encuentras horrible, pero sobre el papel, nunca. Es algo fresco. No resulta ni narcisista ni espantoso, es muy auténtico. Así que finalmente soy como he descrito aquí, y no es tan malo.”

(Entrevista en El País (1/3/2009)




Divertida introducción de Sergi Pàmies en la presentación del libro en Barcelona

lunes, 22 de mayo de 2006

Frases y fragmentos ... (VIII)

... de lecturas más o menos recientes.


Nothomb Baudelaire Da Vinci


"¿Cómo quiere que un escritor sea púdico? Es el oficio más impúdico del mundo; a través del estilo, de las ideas, de la historia, de las investigaciones, los escritores no hacen otra cosa que hablar de sí mismos, y además con palabras. Los pintores y los músicos también hablan de sí mismos, pero lo hacen con un lenguaje mucho menos crudo que nosotros. No, señor, los escritores son obscenos; si no lo fueran, serían contables, conductores de tren, telefonistas, serían gente respetable."
(Higiene del asesino, Amélie Nothomb)

"Son los lectores-rana. Constituyen la inmensa mayoría de los lectores humanos y, sin embargo, no descubrí su existencia hasta muy tarde. Soy tan ingenuo. Creía que todo el mundo leía como yo; yo leo igual que como: no significa únicamente que lo necesito, significa sobre todo que entra dentro de mis cálculos y que los modifica. Uno no es el mismo si ha comido morcilla que si ha comido caviar; uno tampoco es el mismo si acaba de leer a Kant (Dios me preserve de hacerlo) o a Queneau. Por supuesto cuando digo “uno” debería decir “yo y algunos más”, ya que la mayoría de gente emerge de Proust o de Simenon sin inmutarse, sin haber perdido ni un ápice de lo que eran antes y sin haber adquirido un ápice de más. Han leído, eso es todo: en el mejor de los casos, saben “de qué se trata”.
(…)
Uno nunca es el mismo después de leer un libro, aunque sea del modesto Léo Malet: un Léo Malet le cambia a uno. Después de leer a Léo Malet , uno ya no mira a las chicas con impermeable como las miraba antes."

(Higiene del asesino, Amélie Nothomb)

"Yo nunca insulto, caballero, diagnostico."
(Higiene del asesino, Amélie Nothomb)

"Un hombre horrible entra y se mira al espejo.
-¿Por qué se mira usted al espejo, si sólo puede verse en él con desagrado?
Y el hombre horrible me contesta: “Caballero, en virtud de los inmortales principios del 89, todos los hombres son iguales en derechos; por consiguiente, tengo derecho a mirarme; con agrado o sin él, eso es algo que sólo compete a mi conciencia”.
En nombre del sentido común, sin duda yo tenía razón, pero desde el punto de vista de la ley, a él no le faltaba.
"
(El espejo (Spleen de París), Charles Baudelaire)

"Una piedra de buen tamaño, que relucía desnuda lavada por la lluvia, se hallaba una vez en un lugar elevado, rodeada de flores de muchos colores, en el borde de un huerto que daba a un camino pedregoso. Después de mirar durante largo rato a las piedras del camino, sintió el deseo de dejarse caer entre ellas. “Qué hago yo aquí entre las plantas- se preguntó -. Debería de estar ahí abajo, con las de mi clase”. De modo que rodó hasta el fondo del terraplén y se unió a los demás. Pero las ruedas de los carros, los cascos de los caballos y los pies de los minantes no tardaron en reducirla a un estado de continua aflicción. Todo pasaba por encima de ella o la golpeaba. A veces, al verse sucia de barro o de excrementos de animales, alzaba la vista un poco – en vano – hacia el lugar que había abandonado: aquel lugar de soledad y plácida felicidad. Eso es lo que le seduce a todo aquel que decide abandonar la vida solitaria y contemplativa, para descender junto a gentes de infinita perversidad"
(Códice Atlanticus, Leonardo da Vinci)