Anunciado una vez más por el chirriar de la polea surgió trabajosamente el cubo: de nuevo rebosante de desperdicios.
Había pasado toda su vida sin reparar siquiera en la existencia de aquel pozo, de su pozo, y mucho menos en preocuparse de tapar el orificio para protegerlo de la suciedad.
Cuando se fijó en él por primera vez se encontró un cubo agrietado, una polea oxidada y las paredes, a punto de derrumbarse, invadidas por el follaje.
Le duelen tanto los brazos…
Extenuado, apoyándose en el brocal, sueña con un cubo colmado de aguas cristalinas apareciendo majestuoso por la boca negra, ya no amenazante, del pozo. Se imagina sorbiendo directamente de él y sintiendo como el agua recorre todo su cuerpo, en una ceremonia más de engendración que de renovación.
El dolor de saberse solo en esta heroica tarea acentúa el cansancio.
Cae la noche de nuevo y le duelen tanto los brazos…
domingo, 29 de noviembre de 2009
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